De cara al partido que están disputando el seleccionado de fútbol femenino de Nueva Zelanda con el de River, piropeando a las chicas e imaginándose cada jugada, el chico con ricitos destellantes del color del sol espera que comience su entrenamiento cotidiano.
El lugar de encuentro es el Cenard, donde Diego Cerega, defensor del seleccionado argentino de fútbol sala para ciegos, más conocido como Los Murciélagos, corre detrás de la pelota con el ruido particular debido a las seis cápsulas sonoras que posee entre el cuero y la cámara, para orientarlos. Y se anima a bromear con sus compañeros dentro de la cancha: “Pasalo dale, a ver regaláme un caño, gambeteá y pegale que estás solo”.
Siempre de buen humor y sociable con todas las personas del lugar, aún con las que no lo conocen, muestra su enojo al saber que la gente se deja llevar por la primera impresión, y destaca que “si no tenés humor el equipo no llega a ningún lado”.
Asegura que haber visto en su vida, le sirve muchísimo dentro de la cancha porque tiene ciertos movimientos que no lo tienen los chicos no videntes de nacimiento, ya que, científicamente la motricidad se desarrolla hasta los 12 años y es muy difícil poder imitar algo que nunca se vio.
Luego del entrenamiento, mientras acomoda su merienda (hasta la cual chistosamente compite con sus compañeros para llegar primero), dice: “Nunca dejé que me trataran como un ciego, nunca me sentí ciego. Yo no permití que mi familia estuviera mal, fue más la contención de mi parte hacia ellos, porque si yo los dejaba me iban a manejar la vida. ¡A la vida me la quería manejar yo!”.
“O me pegaba un tiro o seguía”, expresa Diego, que sabía que su destino no estaba en su casa de Las Heras (provincia de Buenos Aires) por eso el 2 de agosto de 1999, luego de la ceguera a los 17 años, incentivado por sus amigos, decidió rehabilitarse en el Instituto Román Rosell. “Entré y en diciembre ya salí campeón. Subcampeón en el 2000 y 2001. En agosto de 2002 fui convocado para la Selección y salí campeón nada más y nada menos que del Mundial en Brasil”.
De ahí en más afirma que nunca más pensó en terminar la secundaria, o seguir la carrera de contador como soñaba, “sólo pensé en la pelota. El fútbol me cambió la vida, soy un Diego, antes y después, del Mundial”.
A los 29 años, cuenta en su haber con el Mundial de Brasil 2002 y Buenos Aires 2006, el bronce en la Copa América de Bogotá 2003, plata en la Copa IBSA 2004, plata en los Paralímpicos Atenas 2004 y plata olímpica en Atenas 2004. El tiempo es muy corto para este chico que también compite en River, junto a Silvio Velo (mejor jugador de fútbol sala para ciegos).
El apodo de Los Murciélagos para el Seleccionado llegó de la mano de Velo en el Mundial de 2002 y justifican que fue porque ambos se gruían por el oído, son chiquitos (en alusión a la humildad de ellos) y tratan de volar muy alto, en este caso siempre llegar bien arriba hacia donde está la gloria a pesar de todas las adversidades que pueda llegar a tener ese camino.
Sencillo, dispuesto a dar una mano a quien sea, ordenado, y muy humilde, Cerega se plantea como un “generador” todo el tiempo y para lo cual planea abrir una página digital especializada en su deporte, y mediante sus sponsors ayudar a hogares carenciados.
Luego de mostrar con orgullo todas sus medallas, el chico humilde de pueblo, tan verborrágico y amigable, vuelve a su casa (como él llama al hotel del Cenard) para continuar la concentración y seguir cosechando las ansias para el primer partido de Argentina en el Mundial de Alemania, porque a pesar de todo, es argentino, el fútbol le encanta y como buen campeón sólo espera el triunfo.
Por Rocío Duarte
martes, 27 de abril de 2010
EL FUTBOL MAS ALLÁ DE LOS OJOS
Pelotas que suenan, árbitros que esquivan la pelota más de lo común, gafas, laterales que no existen, un extremo silencio en el público y hasta personas guías o “llamadores” detrás del arco son algunas de las características que sobresalen a la hora de ver un partido de fútbol sala para ciegos.
Muchas personas creen que el fútbol pasa sólo por los ojos, sin saber que a pesar de no tener el sentido de la vista hay jugadores que alimentan cada día la pasión por la redonda aún con algunas reglas diferentes del juego. Uno de los casos es el de los que integran la Selección argentina bicampeona del Mundo en Río de Janeiro 2002 y Buenos Aires 2006, más conocida como Los Murciélagos.
Una de las consideraciones que hay que tener en cuenta en este deporte de cinco jugadores en campo (cuatro no videntes y un arquero vidente) es que la pelota posee seis cápsulas sonoras entre la cámara y el cuero (suena como una especie de cascabel) para orientar a los profesionales, quienes juegan con gafas obligatoriamente pese a ser ciegos.
El silencio en el público es absoluto para no desconcentrar a los futbolistas, porque el audio es elemental a la hora de ir a buscar una pelota. En este deporte adaptado no quedan exentos los tacos, caños, toques y jugadas deslumbrantes al igual de los que estamos acostumbrados a ver en los partidos convencionales de Primera división. Si bien existe el juego colectivo, hay que destacar que es más factible terminar bien una jugada si es individual, ya que al realizar un pase se pierde mucho tiempo y el compañero debe encontrar el balón y reacomodarse en la jugada.
Los árbitros deben esquivar no sólo la pelota, sino también a los jugadores que a veces no tienen noción de donde se encuentran. Cada vez que van a marcar, los deportistas deben pronunciar la palabra internacional “voy” para dar a conocer su posición.
Es usual que los jugadores se desplacen con el cuerpo encorvado, y algunos hasta con las manos hacia delante por temor a un mal roce. También están quienes corren sin importarles nada, juegan cada pelota y ponen el cuerpo como si vieran.
La cancha donde la pelota nunca se va por los costados salvo en las líneas finales, está dividida “imaginariamente” en tres partes. En la parte defensiva orienta el arquero, único jugador en cancha que ve; en la parte del medio orienta el director técnico desde afuera y en la parte ofensiva, un guía o “llamador” que se encuentra detrás del arco contrario orientando a los jugadores, indicándoles cuantos rivales le quedan en defensa, si están solos frente al arco y cuando pueden rematar sin inconvenientes.
Dentro de esta disciplina, las discriminaciones no existen, las personas con capacidades diferentes pueden jugar al fútbol a base de su esfuerzo y alimentar día a día el amor al deporte en una cancha con medidas más chicas de las convencionales (40m. por 20m.), de cemento o mosaico y por la acústica deben ser al aire libre.
Por Rocío Duarte
Muchas personas creen que el fútbol pasa sólo por los ojos, sin saber que a pesar de no tener el sentido de la vista hay jugadores que alimentan cada día la pasión por la redonda aún con algunas reglas diferentes del juego. Uno de los casos es el de los que integran la Selección argentina bicampeona del Mundo en Río de Janeiro 2002 y Buenos Aires 2006, más conocida como Los Murciélagos.
Una de las consideraciones que hay que tener en cuenta en este deporte de cinco jugadores en campo (cuatro no videntes y un arquero vidente) es que la pelota posee seis cápsulas sonoras entre la cámara y el cuero (suena como una especie de cascabel) para orientar a los profesionales, quienes juegan con gafas obligatoriamente pese a ser ciegos.
El silencio en el público es absoluto para no desconcentrar a los futbolistas, porque el audio es elemental a la hora de ir a buscar una pelota. En este deporte adaptado no quedan exentos los tacos, caños, toques y jugadas deslumbrantes al igual de los que estamos acostumbrados a ver en los partidos convencionales de Primera división. Si bien existe el juego colectivo, hay que destacar que es más factible terminar bien una jugada si es individual, ya que al realizar un pase se pierde mucho tiempo y el compañero debe encontrar el balón y reacomodarse en la jugada.
Los árbitros deben esquivar no sólo la pelota, sino también a los jugadores que a veces no tienen noción de donde se encuentran. Cada vez que van a marcar, los deportistas deben pronunciar la palabra internacional “voy” para dar a conocer su posición.
Es usual que los jugadores se desplacen con el cuerpo encorvado, y algunos hasta con las manos hacia delante por temor a un mal roce. También están quienes corren sin importarles nada, juegan cada pelota y ponen el cuerpo como si vieran.
La cancha donde la pelota nunca se va por los costados salvo en las líneas finales, está dividida “imaginariamente” en tres partes. En la parte defensiva orienta el arquero, único jugador en cancha que ve; en la parte del medio orienta el director técnico desde afuera y en la parte ofensiva, un guía o “llamador” que se encuentra detrás del arco contrario orientando a los jugadores, indicándoles cuantos rivales le quedan en defensa, si están solos frente al arco y cuando pueden rematar sin inconvenientes.
Dentro de esta disciplina, las discriminaciones no existen, las personas con capacidades diferentes pueden jugar al fútbol a base de su esfuerzo y alimentar día a día el amor al deporte en una cancha con medidas más chicas de las convencionales (40m. por 20m.), de cemento o mosaico y por la acústica deben ser al aire libre.
Por Rocío Duarte
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